Ser precavido, pero no temeroso


El temor le fue dado al hombre como una especie de alarma para ayudarle a evitar el dolor, pero no para cultivarlo o hacer mal uso de él. El miedo exagerado debilita nuestros esfuerzos por alejar las dificultades. El miedo que nos induce a ser cautos es sabio. La aprensión irracional, en cambio, es una de las causas de la enfermedad; de hecho, es el verdadero germen de toda dolencia. El temor a la enfermedad es, en verdad, lo que la precipita. El pensamiento mismo de la enfermedad la atrae hacia nosotros. Si constantemente tememos resfriarnos, seremos más propensos a los resfríos, no importa lo que hagamos para evitarlos.

No permitas, pues, que el miedo paralice tu voluntad y tus nervios. Cuando la ansiedad persiste, a pesar de tu voluntad por desterrarla, estás ayudando a crear precisamente eso que temes. Es poco prudente, por otra parte, frecuentar más de lo necesario y de lo estrictamente razonable la compañía de personas que hablan constantemente de sus dolencias y debilidades así como de las ajenas, el hecho de concentrarse en esos temas podría sembrar semillas de aprensión en tu mente.

Aquellos que ya han contraído una enfermedad, o cuyo estado de salud es frágil, necesitan vivir en un ambiente que sea lo más agradable posible, rodeados de personas de carácter firme y positivo, que los alienten a cultivar pensamientos positivos.

El pensamiento tiene un gran poder. Las personas que trabajan en hospitales rara vez se enferman, debido a su actitud de gran seguridad. Su energía y la fuerza de sus pensamientos les aporta gran vitalidad.

Por consiguiente, se cauto, pero no temeroso. Toma la precaución de seguir una dieta purificadora de vez en cuando, a fin de eliminar toda condición propicia para la enfermedad que pueda estar presente en el cuerpo. Haz todo lo que te sea posible para eliminar las causas de la enfermedad y luego permanece absolutamente libre de todo temor. Hay tantos microbios en todas partes, que si comenzaras a termerlos ya no te sería posible disfrutar de la vida.

El miedo proviene del corazón. Si alguna vez te agobia el temor a una enfermedad o un accidente, inhala y exhala profunda, lenta y rítmicamente varias veces, relajándote con cada exhalación. Esta práctica ayuda a normalizar la circulación. Si tu corazón está realmente tranquilo, no podrás sentir miedo alguno. Cuando tu corazón está paralizado por el miedo, disminuye la vitalidad del organismo, lo cual ofrece a los gérmenes que provocan enfermedades la oportunidad de invadirlo.

Paramahansa Yogananda
extracto de "La Búsqueda Eterna"

(conferencia, 1938)

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