Enseñanzas: La historia de Viveka



No somos quienes creemos ser.

Nuestro verdadero ser interior está oculto,
sumergido bajo una telaraña
de identidades erróneas.



Había una vez, en un pequeño reino del norte de la India, una joven reina llamada Atma, quien dio a luz a un niño al que llamó Viveka. Ese día salió el arco iris, miles de palomas pintaron el cielo de blanco y una generosa lluvia bañó los maduros sembrados del reino. Todos amaban al pequeño Viveka. Sin embargo, sobe él se cernía una amenaza aterradora. En ausencia del rey, que se hallaba luchando contra los infieles en la frontera norte, la familia real se vio inmersa en una feroz contienda. Al final, como consecuencia de un siniestro complot entre los cortesanos que ambicionaban el trono, el joven príncipe, único heredero, fue robado a su nodriza y abandonado en el río en una canasta, a merced de un certero destino.

No obstante, algo cambió el rumbo de los acontecimientos. El pequeño fue rescatado por un grupo de campesinos pobres que vivían en una remota zona del reino, cerca de la desembocadura del río. Ellos criaron al niño como si fuera de la familia, compartiendo con él todo lo que tenían pese a su miseria. Los campesinos ocultaron el misterio en torno a los orígenes del pequeño, de manera que éste creció identificándose con ellos, viviendo en la única forma que había aprendido: la pobreza y la desesperanza.

Pero había algo más en el interior de Viveka. A menudo soñaba con palacios, inmensas praderas y con el amor de una madre. Lo acuciaba la secreta fantasía de que alguna vez había tenido otro hogar, otra familia. Dentro de él habían permanecido pequeñas huellas del paraíso que había perdido. Mientras tanto, allá en la corte, otros también soñaban con él y rezaban por su vida. En la mañana del día en que Viveka cumplió dieciséis años, su madre se le apereció en sueños llamándolo por su verdadero nombre, que Viveka reconoció al instante. El niño despertó bañado en sudor asustado. Su madre le había pedido que volviera al palacio siguiendo las señales que ella misma le había indicado en el sueño, hasta completar su peregrinaje hacia su verdadera familia.

Esa misma mañana, sin más ropa que la que llevaba puesta y víveres para unos pocos días, Viveka partió en busca de los suyos. Durante siete días erró en pos de las señales que su madre le había marcado en el sueño, pero a medida que avanzaba sólo encontraba más y más obstáculos: animales salvajes, ladrones, hechiceros, bandas de forajidos, hambre, miedo y alucinaciones. Sin embargo, mientras deambulaba por las montañas y planicies del norte de la India advirtió también la presencia de yoguis desnudos cubiertos de cenizas, videntes, ascetas que vivìan en cavernas, innumerables hombres y mujeres de buen corazón que lo asistieron durante su búsqueda y compartieron con él toda su sabiduría sobre el yoga.

Entre esos sadhus peregrinos, Viveka conoció a Rudra, su primer y más importante tutor, mientras se guarecía de una terrible tormenta dentro de una cueva en la cima de una montaña. Por espacio de un año y tres meses Viveka vivió y estudió con su tutor, en ese período aprendió los secretos de la práctica del yoga y tambián a meditar. Con el tiempo, a través de la sabiduría secreta que aquel gran sabio le transmitió, Viveka se ejercitó para alcanzar profundos estados de concentración, durante los cuales su estado de coniencia llegaba a traspasar los umbrales de reinos inimaginables. En los últimos días de su noviciado, Viveka aprendió a unir su conciencia con lo Uno: principal nivel de existencia trascendental o Brahmán. También aprendió a dominar el arte de trascender los límites del tiempo y del espacio y supo como proyectar su cuerpo hacia cualquier lugar que él deseara. Con el tiempo, comenzó a utilizar sus poderes sobrenaturales de bilocación para visitar a su madre y hacerle saber que iba camino al hogar.

Ahora Viveka podía ver con claridad hacia dónde se dirigía, pero, para llegar a casa, aún debía sortear un último obstáculo, un peligroso bosque infestado de tigres, viboras y espíritus demoníacos de toda especie. Justo al final de su peligroso desafío, en el extremo más oscuro del bosque, el espíritu de un tigre hirió seriamente a Viveka. Su cuerpo lastimado fue hallado por una sabia mujer que tenía una choza en el mercado de la aldea, donde terminaba el bosque. La gente la llamaba Madre, y fue el segundo tutor más importante de Viveka. Allí pasó un año y tres meses, donde aprendió el nivel siguiente del yoga. Madre le enseñó a descubir a Dios en todos los seres vivos y a ver el alma en el mundo fenoménico, inclusive en el tigre que lo había atacado. El joven aprendió a abrir su corazón a si mismo y a todo lo viviente, venerando a todos los seres creados y dedicándose a despertarlos a la vida.

Faltaba aún la última lección de yoga. Luego de enseñar a Viveka los secretos de la vida y de su verdadera naturaleza, Madre le dijo que debía concluir su peregrinaje rumbo al hogar. Ya no por medio de la bilocación, ahora debía ir en persona para abrazar a su verdadera madre, la reina, y obtener así su dharma, el lugar que le correspondía según el orden natural de las cosas. Finalmente Viveka llegó a las puertas del palacio, fue recibido con una gran fiesta y le comunicaron que su padre había muerto en la guerra del Norte, de manera que ahora él sería el nuevo rey. Al principio no podía comprender lo que decían y se acobardó ante tanta responsabilidad. Le resultaba imposible hallar al "rey" que llevaba dentro de sí. No obstante, gracias a la paciente tutela de su último maestro, un renombrado vidente que vivía cerca del palacio, al cabo de un período de varios meses Viveka pudo develar los últimos vestigios de su falsa identidad y descubir que la verdadera identidad era la realeza. Viveka supo, sin un asombro de duda, que era rey, de modo que finalmente asumió el trono y reinó con sabiduría por muchos años.

La historia de Viveka constituye el eje de la visión del yoga respecto del dilema humano. El ser humano no puede escapar de su verdadera naturaleza. Al igual que Viveka, todos poseemos grandes posibilidades ocultas en nuestro interior, como él, podemos intuirlas y también desear que se manifiesten.

Viveka constituye el prototipo del yogui y su historia dramatiza el concepto fundamental de la doctrina: nuestra vida sólo tiene sentido cuando comprendemos que ésta es una búsqueda sagrada de la verdadera identidad. Las prácticas de yoga que Viveka realizó a través de su peregrinaje al hogar se encuentran organizadas en torno de la creencia de que todos los seres humanos poseemos la capacidad innata de anhelar la madurez espiritual para lograr la paz interior.

Todos los seres humanos nacemos con la semilla que madurará el despertar de nuestra conciencia. Los yoguis creen que, al igual que le ocurrió a Viveka, esa semilla innata de la conciencia, inevitablemente, nos perturbará, nos hará oir su voz y nos estimulará para que prosigamos con nuestro peregrinaje hacia el despertar.

Cuando por fin nos encomendemos a la búsqueda de nuestro verdadero yo, descubriremos que no estamos solos en el viaje y nos sorprenderemos al advertir que el ser interior que tanto anhelábamos, también nos estaba buscando a nosotros.
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Stephen Cope (psicoterapeuta, profesor de yoga)
extracto de "Yoga en busca de uno mismo"

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