Más allá de la paz


El hombre corriente conoce cuatro estados mentales: cuando un deseo se cumple, se siente feliz; cuando un deseo es contrariado, se siente infeliz; cuando no está ni contento ni triste, se siente aburrido; y cuando logra deshacerse de estas tres emociones, de estos tres estados mentales (placer, dolor y aburrimiento), obtiene paz.

La paz es la ausencia de los estados alternantes de dolor y placer, y la ausencia de aburrimiento. Es, en verdad, un estado muy deseable. Después del agitado cabalgar sobre las crestas del dolor y del placer, con frecuentes zambullidas en el seno de las olas del aburrimiento, resulta agradable flotar en el tranquilo óceano de la paz. Mucho más grande que la paz, sin embargo, es la bienaventuranza del alma: un gozo siempre nuevo que nunca desaparece, sino que permanece en el alma por toda la eternidad.

Si colocamos un recipiente con agua bajo los rayos de la luna y agitamos el agua, producimos una distorsión del reflejo lunar. Si posteriormente aquietamos las ondas, la imagen de la luna reflejada en el agua se torna nítida. Los momentos en que el agua del recipiente se encuentra quieta y refleja con claridad la luna, pueden compararse con el estado de paz que se siente en la meditación y con el estado aún más profundo de calma interior.

En la paz de la meditación todas las olas de las sensaciones y pensamientos desaparecen de la mente, en el estado todavía más profundo de calma, se llega a percibir, en esa quietud, el reflejo lunar de la presencia de Dios.

Al dormir, aquietamos los pensamientos y las sensaciones de manera pasiva. Cuando en la meditación aquietamos pensamientos y sensaciones de manera consciente, experimentamos primeramente un estado de paz, y los músculos del rostro dibujan una sonrisa que refleja la paz del corazón. No obstante, es necesario mirar más allá de la paz, para contemplar la pureza del alma, inalterada por los estímulos sensorios y los reflejos motores, que originan los pensamientos asociados a las sensaciones. El estado que se experimenta, entonces, es una bienaventuranza siempre nueva.

Paramahansa Yogananda
extracto de "La Búsqueda Eterna"

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